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EL AUTORITARISMO DOCENTE. La realidad de una problemática educativa que frena la calidad educativa de los estudiantes

Por: Javier Jorge Boyzo Nolasco.

Egresado del Doctorado en ciencias de la educación y Asesor en la Universidad Santander.

 

Aludiendo a términos conceptuales, hablar de autoritarismo, es hablar de poder, dominación y sumisión; en este caso, se le llama autoritario a la persona que usa con rigor su autoridad, es decir, es la persona que no tolera la contradicción, y lo demuestra a su vez, con actitudes de violencia e intolerancia, al hacer valer su propia condición.

El autoritarismo, entonces, es entendido como el sistema basado en un riguroso principio de autoridad, teniendo su principal causal, en una connotación de orden político; empero, en un sentido amplio, no sólo se circunscribe a este ámbito de acción, sino en cualquier esfera social donde exista una relación entre un grupo y una persona que haga las veces de guía o líder, como en el caso del maestro o docente.

Bajo esta tesitura; la intimidación y amenazas que se manifiestan en el contexto áulico por parte del maestro, lejos de contribuir a incrementar el interés por aprender lo reduce considerablemente; logrando en el mejor de los casos, la perdida de interés a las cuestiones escolares, y el desenfado dado a la figura del docente.

Lamentablemente, a lo largo de nuestra historia y desarrollo profesional, hemos sido objeto de algún profesor (a), que concibió la educación en forma por demás equivoca e incongruente; hasta el punto de llegar a “golpear” para que realmente se entendiera la lección. En otros casos, incluso, fueron los mismos padres de familia, quienes preocupados por la educación de sus hijos, autorizaban al maestro a reprender severamente a su hijo, sino cumplía con las indicaciones dadas por el maestro, respecto al orden y la disciplina escolar.

Aún recuerdo con tristeza y algo de enfado; a quien con el pretexto de poner orden y disciplina en su grupo de alumnos; nos reprendía severamente con una regla de madera, una vez puestas las manos sobre los viejos mesabancos escolares; la maestra “Imelda”, clásico ejemplo de la más pura actitud autoritaria asumida por un docente, en el intento de integrar a sus estudiantes, de manera armónica a la sociedad.

De este modo, el miedo y el temor al maestro se manifiestan, a menudo, con el aumento en la frecuencia del pulso y la respiración; se presenta la sudoración y se pasa de la movilidad a la inamovilidad momentánea, entre otros rasgos; lo cual lleva a un estado de inconsciencia prematura; tal como lo apunta Daniel Goleman (2001); quien añade que mientras más intenso es el sentimiento, más dominante se vuelve la mente emocional, y más ineficaz la racional; lo cual, todo ello debilita la capacidad de concentración en la tarea asignada.

Así, el miedo que causa a un niño en edad escolar, un método de enseñanza autoritario, se transforma en ira cuando se convierte en adolescente. Y los efectos perjudiciales en la capacidad de aprendizaje son los mismos. De nueva cuenta Goleman (ibid), señala el grado en que los trastornos emocionales pueden interferir en la vida mental del educando; de allí el hecho que se da en un niño enfurecido o deprimido, lo cual constituirá una mayor dificultad en la adquisición de aprendizajes. Además, de que las emociones negativas desvían la atención hacía sus propias preocupaciones, interfiriendo en el intento de concentrarse en otra cosa.

Al respecto, cabe decir que a lo largo de la historia de la humanidad, muchos teóricos y pedagogos, han dado pautas sobre el comportamiento del profesor en el aula; pero sobre todo, como debe conducirse éste frente a sus alumnos, estableciendo para ello, verdaderos principios pedagógicos que niegan el autoritarismo en la enseñanza y todo lo que ello implica. En este punto en particular, especial atención merece el análisis de la Didáctica Tradicional, en cuyo seno se acoge al autoritarismo como característica principal de dicha concepción educativa.

Uno de ellos, Tolstoy, en sus teorías educativas, remarcó la importancia de la personalidad del maestro. Si éste era frío y hostil hacia sus estudiantes, podía convertirse en una influencia negativa para su futura formación. Por el contrario, si en verdad amaba su vocación y le importaba la personalidad del mismo, además de considerar la educación como un proceso continuo, sería un faro de “sabiduría y civilización”.

Por su parte para el filósofo, William James, citado por José Luis Orozco (2003), el maestro debía cuidarse de no caer en una actitud absolutista. Su función era servir de guía y amigo, ya que era factible el hecho. Además, no se debía alentar el dogmatismo en las aulas; por el contrario, la actitud del maestro debía ser la de un verdadero motor de progreso.

Mientras que John Dewey (1919), pensaba que la escuela debía alentar la actividad individual; cabe acotar, que ya para entonces la escuela tradicional, era puesta en la palestra del debate, señalando que ésta inhibía el crecimiento moral, a través de sus tendencias estáticas y absolutistas. Su base había sido el culto a la obediencia y había hecho de las reglas, el eje por el cual transcurría la vida en la escuela.

De esta manera, Dewey se oponía a la insistencia en la inhibición, que predominaba en tantos círculos docentes; por ello recalcaba el hecho que inhibir y circunscribir el desarrollo del niño, era frustrar la creatividad del hombre, situación que podía influir en su futuro desarrollo profesional.

Con lo anterior, se ha analizado ya, como un modelo autoritario y represivo de enseñanza, se convierte en generador de personas sumisas; o en caso contrario, violentas, que son incapaces en un futuro, de llevar una vida normal. Afectando de esta manera, la capacidad cognoscitiva y emocional del individuo, al actuar de manera incongruente a lo establecido en el Plan y Programas de estudio vigentes.

Por lo que en lugar de una persona segura de sí misma e independiente, se obtiene un tipo inseguro, violento, vacilante y lleno de dudas al momento de poner en prueba su capacidad cognoscitiva; lo que sin lugar a dudas, los efectos causados en la formación personal de los educandos, será menos que perjudicial en su proceso formativo.

Si bien es cierto, que pensando en este tipo de problemáticas áulicas, en los últimos años se han abierto espacios para el análisis y la transformación de la práctica docente; donde a través de complejos y copiosos procesos de investigación científica, muchos docentes han llegado a resignificar sus propias acciones producto de la cotidianidad laboral; también es cierto, que sobre este particular, aún quedan muchas cuestiones por tratar.

Por otro lado, los procesos de formación profesional que se desarrollan a partir de la enseñanza impartida en mayoría de las escuelas públicas e instituciones privadas, de todo el país; está lejos de ser un modelo que contribuya a la verdadera formación de ciudadanos aptos y responsables para vivir en sociedad. Visto de esta manera, el problema entonces, puede ser grave y complejo. Analicemos pues, algunas consideraciones al respecto.

No obstante, estar establecido en el art. 3° Constitucional, el hecho de que el Estado, tenderá a desarrollar armónicamente todas las facultades del ser humano; fomentando en él, el amor a la patria y la conciencia de solidaridad internacional, en el marco de la independencia y la justicia social; la realidad dista mucho de lo anterior, pues en principio, se entra al campo de la incongruencia y la hilaridad, pues una sociedad que vive en franca armonía, cifra sus valores en el respeto y la democracia; situación a la que no se llega, por qué realmente nunca se aplica.

Por otro lado, las instituciones educativas existentes en nuestro país, son estructuras cerradas, de corte autoritario, vertical y de carácter reclusorio. En la mayoría de los casos, los alumnos se presentan a las escuelas de mala gana, y muy probablemente, obligados por sus padres; quienes en ello, suelen encontrar una gran oportunidad para librarse de éstos en buena parte del día.

Ya dentro del plantel, es común observar el privilegio de prácticas desfasadas, dignas de un cuartel militar; donde generalmente el patio escolar, se vuelve el centro o punto de interés del maestro, para llevar a cabo todo tipo de actividades agotadoras y extenuantes, que se manifiestan en el ánimo y gusto de sus atribulados alumnos.

De ello, entonces debemos entender que este tipo de prácticas totalmente anacrónicas y desfasadas, son testimonial de una problemática real que deteriora la calidad de los aprendizajes de los alumnos, a partir de la identificación de las diferentes aristas que dan pie a la aparición del autoritarismo en el aula; y con ello, los diferentes conocimientos generados, los cuales enmarcan el esfuerzo y tenacidad del docente, por encontrar soluciones a su propia realidad social.

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